Titulo nuevo

 ushdfausdhf

Cuando alzo mi mirada, después de leer el mensaje, para buscar a un mesero y pedir algo, mis ojos se encuentran con la sonrisa de mi vecino de mesa que también estaba solo, un hombre de unos 45 años, alto, delgado, pelo negro y con una actitud de esas que te dan confianza. Iba vestido como los ejecutivos de hoy, sin pretensión alguna, unos jeans, medias de colores, tenis diseñados por él, camisa azul y jersey un tono más azul que la camisa. 

Generalmente soy una persona que no da pie para que los desconocidos le hablen, pero en esta oportunidad su gran sonrisa me cautivó y por alguna razón solté un “hola”, por cortesía, mientras seguía buscando a un mesero; pero justo cuando menos lo esperas, es cuando más te llega, y ese hola fue correspondido. 

Me soltó un ¿estás como yo, esperando a alguien? A lo que le respondí: sí, a un amigo de vieja data, ¿tú? A un amigo de mi trabajo anterior, me dijo. ¿en qué trabajas?, le respondí …me contó que era el Director de Innovación de una empresa de consultoría. 

Sin darnos cuenta, o mejor, dicho, sin darme cuenta no sé cómo terminé conversando con este hombre; claro, una conversación de perfectos desconocidos con las típicas preguntas del trabajo y demás, cruzamos nuestros LinkedIn´s, me percaté que teníamos personas conocidas en común, habíamos estudiado en momentos diferentes en las mismas universidades y que además seguíamos a los mismos referentes, así que, sin más, terminamos cada uno con un hola en el WhatsApp del otro. 

“No quise abrir mi teléfono móvil para que no quedara la evidencia de haber visto el mensaje apenas llegó, así que esperé al menos dos horas para revisarlo.”

En esas llegó su amigo y unos minutos más tarde el mío. Cada uno estuvo entretenido con su
compañero de mesa, pasadas dos horas ellos se levantaron, me miró de reojo, yo alcancé a voltear
y solo me hizo un gesto de despedida con su mano que yo devolví tímidamente. Mi amigo que no
es tonto, me preguntó de una vez “y él ¿quién es? que no se miraron en todo el rato pero sí se
despiden con un tímido gesto”… le conté que sus 30 minutos de atraso me habían servido para
hacer un nuevo amigo, claramente él me miró con cara de pocos amigos como si pudiese ver el
futuro, pero simplemente no le hice caso y busqué continuar la conversación donde la habíamos
dejado.

Me acuerdo de que me preguntó por mi matrimonio y en esa oportunidad le dije que me sentía un
poco aburrida, que estaba considerando separarme pero que me daba un poco de temor atravesar
el huracán que significa una separación. Él me contó también que estaba con su esposa por su
hijo, más no porque quisiera estar con ella, que hacía mucho tiempo ya no eran pareja y todo lo
que te puede decir un hombre que quería desahogarse; entre otras, que su esposa una vez había
nacido el niño se olvidó de ser mujer para ser 100% mamá y lo demás ya es historia. Llegó la hora
de irnos, él tenía vuelo a las 6pm y con los trancones de Bogotá, debía de salir de ahí al menos con
dos horas de anticipación.

Cuando terminamos de almorzar y busqué mi automóvil para regresar a casa, sentí una sensación
que, hacía muchos años no tenia, esa que te da en el estómago y que te regresa a los 15 años
cuando creías que el amor consistía solamente en sentir cosquillitas en la panza.


Pensé para mí, este hombre me va a llamar en 15 días. Mi semana transcurrió normal y pasados 10
días recibo un WhatsApp que dice: ¡Hola! ¿Cómo estás? Me encantaría que fuéramos a almorzar,
¿qué opinas?


No quise abrir mi teléfono móvil para que no quedara la evidencia de haber visto el mensaje
apenas llegó, así que esperé al menos dos horas para revisarlo. No sabía qué hacer, mis manos se
pusieron heladas y mi corazón latía a millón. La verdad es que no sabía por qué tenía esa
sensación si al final era un perfecto desconocido que simplemente me estaba invitando a almorzar
para hablar un rato.


Finalmente, cuando lo abrí, le dije: claro, suena rico. Tratando de que mis palabras sonaran
tranquilas.

Agendamos para la semana siguiente y unos días después estábamos sentados en un restaurante
compartiendo entradas, hablando de la vida y tomando tequila por shots a las 12 del mediodía;
eso sí, antes de entrar al restaurante me quité mis dos anillos, el de compromiso y el de mujer
casada, pues aunque no tenía intención de nada, nunca sabes qué pueda pasar.

Reímos y hablamos hasta mas no poder y el licor empezó también a hacer lo suyo. Me levanté al
baño, me vi al espejo y supe que ya no había vuelta atrás, este hombre me gustaba y era evidente
que yo le atraía. Cuando abrí la puerta del baño, me topé con él, se había plantado a esperarme
ahí, sin más, me besó con todas sus ganas, tanto que me empujó nuevamente hacia el tocador,
que por cierto era espacioso, cerró la puerta, se aseguró de colocar el pasador y sin pedir permiso
desabotonó mi camisa blanca, mis senos quedaron al descubierto, y yo, con todo un deseo
reprimido, le seguí el juego..

Nuestros labios no podían parar de besarse, nuestras lenguas no podían dar más vueltas entre sí,
escuchaba sus gemidos, identificaba los míos, sentía cómo mi sexo se humedecía de sentir su
miembro completamente duro debajo de sus jeans desgastados, pero en perfecto estado. Le quité
en jersey como pude y su camisa de manera tan rápida que no conocía estas habilidades en mí.
Busqué la correa de su pantalón mientras él me quitaba mis vaqueros que cuidadosamente había
escogido esa mañana pensando en que eran los que más marcaban mi silueta, en especial, mi
derrier, pues ese a mi modo de ver es el punto más fuerte de mi cuerpo.

Tenía sentimientos encontrados, este hombre me traía excitada de forma tal que no podía parar y
tampoco quería, su olor me parecía fascinante, además tenía todo lo que me gustaba: era exitoso,
amaba los buenos sitios, sostiene buenos temas de conversación y siempre estaba con una buena
sonrisa en sus labios. Por otro lado, pensaba en la persona que tenía en casa a la cual me tocaba
rogarle por sexo, siempre de mal humor y hablando de lo mal que le iba en los negocios. Así que
pensé: bueno, si en la casa no te dan lo que quieres y la oportunidad llega, ¿por qué la vas a dejar
pasar? Y con esto mis pensamientos quedaron en paz, lista para entregarme a este perfecto
desconocido.

Sentí cuando se zafó los zapatos y esto me indicó que ya era hora de bajar su pantalón, el cual bajé
de un tirón con todo y boxers, me incliné para poder hacer bien mi tarea de dejarlo desnudo de la
cintura hacia abajo, quedé arrodillada y me topé con su miembro completamente duro, erecto,
lindo, rosado, afeitado y con unos testículos puestos en su lugar, tan perfectos que parecían
tallados por Miguel Ángel; en ese momento solo hice lo que mi instinto me dijo, metí su pene en
mi boca, lo besé con lujuria y dulzura al mismo tiempo, pasé tantas veces como pude mi lengua
por la punta de su lanza, volví a introducirlo completo en mi boca, lo recorrí todo con mis labios y,
eventualmente lo dejaba para besar a sus dos compañeros, succionaba un testículo, después el
otro y al mismo tiempo agudizaba mis sentidos para identificar sus gemidos, para entender qué le
excitaba más y poder hacerle más de eso que le gustaba. Sentía su verdadero olor y entre más los
descubría, más quería; me quería meter en cada rincón de su ser, le besé la ingle, volvía a su sexo,
bajaba nuevamente a sus testículos, lo besaba un poco más atrás y regresaba asegurándome de
no dejar ningún centímetro sin repasar con mi lengua.

Él de pie, me cogía mi pelo con ternura, deseo y ganas. También con poder, pues tenía a una
perfecta desconocida arrodillada ante él, literalmente a sus pies dándole placer y dispuesta a
hacerle todo lo que pidiera. Yo escuchaba cómo gemía y cuando subía la mirada encontraba sus
ojos que me decían “dame más de esto”.

Después de estar unos minutos ahí, toma mis hombros, me levanta, me voltea, me acomoda
frente al lavamanos, se coloca detrás de mí, nos miramos al espejo, ambos vemos nuestro cara
llena de pasión transformada completamente en deseo y lujuria; toca mi vagina, va primero a mi
clítoris, después me penetra con sus dedos, se da cuenta de que estoy completamente húmeda a
punto de estallar, evidencia que estoy más que lista, saca sus dedos, se los lleva a su boca, prueba
un poco de mí, se acomoda y esta vez me penetra con su miembro, lo siento hasta el fondo, me
saca un gemido de extremo placer que indica a su vez que soy suya en ese momento.

Me penetra con un poco de dulzura, pero con fuerza y cuando sabe que está completamente
adentro, me empuja para que sienta aún más su miembro, su poder, su tracción; nuestras miradas
se cruzan en el espejo y nos damos permiso de fundirnos el uno en el otro. En ese momento me
embiste con todas sus fuerzas y mis gemidos no dan tregua, siento como si me fuera a explotar
por dentro, un dolor que no duele y una incomodidad que no incomoda, un descontrol que no
quieres ni puedes controlar y dos cuerpos ardiendo de placer; gimo con fuerza pero no tan duro
como para que afuera puedan escuchar, mis manos siguen completamente apoyadas en el muro
del lavabo, trato de empujar hacia atrás mientras y él hacia adelante logrando una danza perfecta
de movimientos bruscos, fuertes pero cálidos y llenos de cuidado. Me saca lágrimas de placer, mis
pezones empezaron a ponerse completamente duros en señal de que ahí viene esa implosión que
te lleva al cielo, siento una energía recorrer todo mi cuerpo, mis paredes vaginales empezaron a
contraerse tanto que solo podía temblar y él entendiendo mi cuerpo, empezó a hacerme aún más
fuerte y más rápido hasta que ambos como si lo hubiéramos planeado o nos conociéramos de
siempre, explotamos y soltamos al mismo tiempo.

A través del espejo nos miramos con una sonrisa de: ¿qué acabamos de hacer? pero con la
picardía de haber hecho lo que debíamos de hacer…suevamente saca su miembro de mi cuerpo,
me doy media vuelta para quedar frente a él y solo se me ocurre decirle: estuvo delicioso, él se
sonríe y me dice: a mí también me gustó.

Caemos en cuenta que estamos en el baño de un restaurante, nos vestimos rápidamente, él salió
primero, yo me quedé peinándome, tratando de volver a la normalidad, acomodándome como
pude la ropa para finalmente salir de ahí con la mejor actitud, la frente en alto, la mirada firme y
los pasos fuertes.

Volvimos, nos sentamos en la mesa, pedimos otro shot de tequila y seguimos conversando, esta
vez con una sonrisa pícara en los labios, sabiendo lo que había acabado de suceder y yo
preguntándome si volvería a saber de este hombre que me acababa de coger sin más en el baño
de un restaurante.

Llegó la hora de despedirnos, salimos al parqueadero, cada uno cogió su carro y manejé hasta mi
casa con una sonrisa que nadie, absolutamente nada ni nadie podía quitarme.
Mientras recorría la ciudad, iba pensando en sus gemidos, en su miembro, en mi boca puesta en
su sexo, en su olor, en su pene perfecto, en mi pelo revolcado, en mi cara de lujuria, en el placer,
en mi cuerpo respondiendo de una forma que hacía años no sentía, en mi vagina contrayéndose,
en mis pezones encogiéndose, en mi piel erizada y en el orgasmo que me dejó con las piernas
temblorosas y débiles.

Recordé antes de entrar a mi casa que me había quitado los anillos, los busqué sin ganas, me los
coloqué y me dije: ¿hasta cuándo vas a seguir fingiendo?

La que escribe con la piel, LaPielQueEscribe

Etiquetas:

Íntimo

Compartir :

Últimos Relatos & Sensaciones

Scroll to Top