Placer con los ojos vendados: erotismo, entrega y deseo

Anoche, cuando me vendaste los ojos, me desnudaste sin pensarlo y me dejaste apenas saber que tú estabas sin ropa, pues sin querer alcancé a rozar tu pene completamente erecto con mi antebrazo, no solo sentí que era 100% tuya, sino también cómo mi cuerpo empezaba a inundarse, a querer tenerte en ese instante, pero sabía que no iba a ser tan rápido como yo quería así que debía de tener paciencia.

Estaba completamente vulnerable sin saber qué ibas a hacer, qué se te iba a ocurrir, qué estaba
pasando por tu cabeza; pero, lo único que sí sabía era que sin importar lo que viniera en los
próximos minutos, por más brusco que me hicieras, nunca iba a ser tan fuerte como para sentir que me estabas maltratando porque conoces mis límites, conoces hasta dónde llegar para que en ningún momento creyera estar en peligro. 

Claro, mi cuerpo gritaba: “hazme lo que quieras sin control ni mesura”. Mis caderas no paraban de moverse, sentía cómo mi clítoris se hinchaba y mis senos se empezaban a encoger de lo erizados que estaban.


Amé cuando cogiste literalmente una rosa que había en la mesa de noche del lado de la cama en el que duermo, rosas amarillas que por cierto me habías dado el día anterior; amé sentir cómo
empezaste a acariciar mi entrepierna, mi vientre, mi clítoris; amé sentir el leve aroma de la flor
recorriendo mi cuerpo gracias a tus manos, tu amor, tu ternura, tu paciencia mezclada con tu
hombría, tu olor y tus ganas.


Tener los ojos vendados, tener la curiosidad de lo que iba a seguir después, tener la paciencia para
no querer quitarme la venda de los ojos y apenas sentir cuando tu cuerpo alcanzaba a tocar el mío
me llevó a poner todos los demás sentidos a su máxima atención. No quería perderme de nada así que agudicé el tacto, el olfato y el oído. 
Sentí cuando te apartaste de mí y fuiste en busca de nuestra cajita mágica, esa caja negra donde solo los dos sabemos lo que hay ahí adentro; escuché cuando la abriste y sentí cuando te ubicaste nuevamente cerca de mí; segundos más tarde me di cuenta que habías sacado el lubricante potencializador de orgasmos femeninos con sabor a frutos rojos que habíamos comprado hacía no mas de cinco días en un sex shop un día cualquiera caminando por la calle después de estar en un
almuerzo con mi equipo de trabajo.

 

Pusiste tus dedos humedecidos con este preciado gel en mi vagina, te aseguraste de frotarme y esparcirlo delicadamente; colocaste también tus labios en mi clítoris y le diste vuelticas con tu lengua delicadamente, tenías claro que no me querías hacer venir así, entonces te aseguraste de que me excitara aún más pero no tanto como para explotar.

Yo seguía con los ojos vendados y debo confesar que, aunque quería ver y saber cuáles eran tus
planes, el estar completamente a la expectativa me mantenía “caliente”. Minutos después, me
agarraste de mis caderas, me diste media vuelta, me arrastraste hacia el borde la cama, me
pusiste en cuatro, te paraste detrás de mí y me penetraste con todas tus fuerzas, ahí sentí que
también habías puesto en tu pene nuestro lubricante.

En esa posición me pones a gemir tanto que no puedo controlar nada en mí, mis gemidos se transforman en una especie de llanto y solo tengo la capacidad de decirte “reviéntame”, porque ahí es lo único que quiero, no quiero amor, no quiero ternura, no quiero compasión, solo quiero que me entierres tu verga como si fuera una puta a la que le pagaste por sexo, la que tiene que aguantar todo porque su amo la quiere para satisfacerse; y si en algo te sirve para tu ego, eso eres cuando me tienes así, mi amo. 

No es adición al sexo, es adicción al sexo contigo y como te dije esta mañana, por alguna razón entre más me des, más quiero, me convierto en una mujer insaciable.

Escucharte gemir aflora mi vagina, hace que te reciba con más ganas y que me humedezca tanto
que cualquiera podría decir que es el efecto del lubricante, pero la verdad es que no lo es, es el
efecto de la lujuria, del buen sexo y de la adición que estoy desarrollando hacia ti.
No es adición al sexo, es adicción al sexo contigo y como te dije esta mañana, por alguna razón
entre más me des, más quiero, me convierto en una mujer insaciable. 

Me diste permiso para que me tocara, así que con los dedos de mi mano derecha y casi sin fuerza
empecé a masturbarme, sé muy bien cómo hacerlo para darme placer, más del que estaba
sintiendo y como si esto no fuera suficiente, tú mismo cogiste mi mano y pusiste en ella nuestra
“lengüita” que, por cierto, también permanece en esa caja mágica negra; la “lengüita” es ese
aparto color rosado intenso que tiene forma de lengua y que vibra sin piedad. Me lo pasaste
encendido y lo coloqué en mi clítoris mientras trataba de sostenerme con mi brazo izquierdo con
la poca fuerza que me quedaba, pues me estabas dando tan duro y tan rico que de verdad trataba
de no perder el control para no caer completamente desmayada gracias a la sensación que genera
el estar siendo penetrada vaginalmente y vibrada en el clítoris sin piedad al mismo tiempo. 

Ya no sabía si pedirte que tuvieras compasión de mí, no sabía si dejar de lado la “legüita” o
simplemente dejar que mi cuerpo se hundiera y quedara completamente llevada por el placer.
Te escuchaba gemir con un bajo volumen, sentí también en ese momento tus ganas de pegarme,
de darme palmadas y nalgadas, te dije que lo hicieras y duro si te apetecía y contrario a lo que yo
pensé que iba a suceder cogiste de nuevo la rosa y me pegaste con ella como si fuera una fusta,
una fusta que habla del amor mezclado con sexo. 

Sentía tu pene cada vez más duro, más fuerte, más grande y en ese momento implosioné, pero lo
más rico es que cuando estoy en ese momento de mayor excitación me sientes y te corriste dentro de mí; ah, pero lo que más me gusta es tienes el poder de recuperarte en menos de 50 segundos y seguir dándote y dándome placer.

Me guiaste y me acostaste mirando hacia arriba, te acostaste de medio lado mirándome y me
diste permiso para quitarme la venda de los ojos, me diste un beso en la boca, de esos besos que
quieres continuar y continuar porque los labios y la lengua de cada uno se funden en una sola, de
esos besos que solo son el inicio de que algo mejor está por suceder y sí, lo rico es que nunca me
defraudas, cubriste de nuevo mis ojos y esta vez me penetraste de frente, subiste mis piernas en
tus hombros y empezaste a moverte de esa manera tan singular y particular que te caracteriza
donde solo mueves tus caderas sin empujar, solo haciendo que tu miembro se sienta siempre
dentro de mi y que baile allá dentro con un ritmo sutil que provoca tenerte así y ahí por toda una
eternidad y de esta manera haces que siempre te quiera recibir, que siempre quiera más de ti.
Como amo verte, me quité la venda de los ojos sin pedir permiso para hacerlo. ¿Qué me encontré?
A un hombre gozándose a la mujer que estaba penetrado, con una cara de placer y satisfacción
plena, con los ojos cerrados embebido entre y en sus piernas, rozando sus labios en mis pies,
jugando con su lengua y haciéndome saber que estaba en pleno viaje extraterrenal.


Me dediqué a verte, a sentirte y a amarte; me da placer verte sintiendo placer así que mi cuerpo
respondió igual que el tuyo, esta vez de manera mucho más tranquila y con más control de mi
cuerpo llevé mi mano a mi clítoris tocándome con mucha suavidad buscando seguir el ritmo que
tu llevabas y claro, no habrían pasado más de seis minutos cuando mi vientre empezó a temblar,
mis piernas se contrajeron y mi labios interiores te apretaban con tanta fuerza que aceleraste un
poco el ritmo, acelerando mi proceso y de paso el tuyo.
Y así caímos rendidos hasta el día siguiente.

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